La hija del ferroviario

03. May, 2013 - - Espacio Literario, Relatos cortos

La hija del ferroviario

Cuando mi tristeza le ganaba la partida al vino barato, envolvía la botella en un plástico y nos íbamos juntos yo y lo que quedaba del vino a escuchar reír los trenes. A veces también nos acompañaba a las vías un trozo de pan pero siempre estaba duro y no lo podía morder; entonces cortaba las puntas de mis guantes para poderlo mojar en el vino y mis dedos siempre estaban húmedos. El viejo chaquetón ya no me protegía ni del frío ni del calor ni de la velocidad del tren arremolinándose en mi pasado. En verano esperar trenes era tan frío como en invierno esperar trenes, pero sonreía con ellos mientras pasaban en el rechinar de la risa del hierro de sus ruedas contra las vías que tanto me recordaba a ella. Luego los veía alejarse y de nuevo le dejaba ganar la partida a la soledad.

El año que la viví vivía con su madre en el edificio de la antigua estación de tren. Su padre había sido el jefe de estación hasta que los trenes dejaron de pasar y él se fue con el último. Recuerdo de aquel año que las vías ya solo vibraban con el paso de unos pocos mercancías al día. Los muchos trenes cargados de ilusiones y vidas habían dejado paso a los pocos trenes cargados de trigo y maíz y ella empezaba a ser joven y yo como la estación, hacía años que había terminado mi juventud. No recuerdo el sabor de sus labios porque nunca la besé y me tuve que inventar el recuerdo para poderlo recordar. También me tuve que inventar como reirían los trenes desde su habitación porque nunca subí a su habitación a reír con ella. Un día me preguntó si yo la quería y le dije que no. Fue mi última mentira. Cuando quieres a alguien de verdad le deseas lo mejor y yo no era lo mejor para envejecer su juventud. De eso hace ya 20 años y nunca la volví a ver.

Frank Toche

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