El gato con botas; con zapatos

27. jun, 2013 - - Franciscadas, Teorías y franciscadas

El gato con botas; con zapatos

No debéis afligiros mi señor, no tenéis mas que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis“. Le dijo el Gato con Botas a su amo, a quien tan fácil le sería hacer de él todo un Marqués de Carabás a los ojos del mundo. Y es que el gato del cuento de Charles Perraud ya aventuraba en 1697 que el engaño y la mentira da beneficios mas rápidamente que el trabajo; y que la bota, el zapato, es de aquellas prendas que permitían en la época distinguir al rico que pisaba noble tarima del pobre que danzaba en el barro de las cosechas. Un buen vestido se muere con un mal zapato y un buen zapato convierte en carroza real un vestido de calabazas tiradas por ratones.

Si el lustre, la viveza de la piel y el brillo de las hebillas le permitieron al gato engañar a todos haciéndoles creer que su amo era un marqués, hoy en día no solo es el precio del zapato sino los tantos tipos de zapatos que tenemos los que marcan la diferencia entre ser marqueses y aspirantes a ser percibidos como tales. Y es que necesitamos tantos tipos de zapatos que solo los verdaderos nobles pueden mantener el lustre, la viveza de la piel y el brillo de tantas monedas para costear tan alto compendio; dispendio.

¿Han pensado cuantos tipos de zapatos tienen en casa? Yo nunca había pensado en ello hasta que ayer me pare a contarlos…

Les explico, para el traje tengo dos, unos negros y otros marrones, a juego con dos cinturones, uno de piel negra y otro marrón; y eso que he dejado de comprar los de puntera picada para el invierno ya que la uniformidad termométrica de los últimos tiempos no justifican tanta variedad. Tengo unos botines, que no tengo porque si los tuviera y me los pusiera, sé de buen seguro que me harían daño detrás; al igual que unas botas de agua, que debería tener pero no tengo porque me hacen daño a la vista, pero que de llover a mares deben ser practicas. Para probar las distintas ginebras de la noche tengo unos zapatos más informales pero igual de caros que los formales. Y para los cafés de las tardes de tejanos y camisetas otros informales de punta zorongo tacón mas deportivos, aunque no tanto como para callejear ya de buena mañana, y que para eso tengo unas que llaman algo así como walking, que tienen unas suelas realmente inspiradas en algún tipo de pulpo marciano.

Para estar por casa tengo otras iguales a las que te dan en los hoteles a juego con el albornoz ese que no te puedes llevar en la maleta a escondidas; y tengo otras solo para entrar, estar y salir de la ducha y que también utilizo si un día voy a la piscina, pero nunca voy, porque no soy un pez y menos de agua de río. Prefiero la playa. Tengo unas hawaianas, que es el nombre ese que ahora se le da a las chancletas del dedo de toda la vida, y debería tener unas sandalias, pero no tengo sandalias porque me hacen parecer un peregrino y puestos a andar prefiero correr que así llego antes.

Me gusta correr. Tengo unas zapatillas de esas que tienen una cámara de aire para poder recorrer la ciudad salto-flotando cual rana en nenúfares. Y unas iguales pero con una suela como rueda de tractor para la montaña. Y unas iguales a las iguales de las iguales pero con goretex de ese que si llueve te mojas todo menos los pies, y que solo puedes usar en invierno porque en verano el pie se calienta demasiado y deja de pensar.

También me gusta esquiar. Tengo unas botas para esquiar y otras para practicar snowboard, aunque para el snowboard que se me da ciertamente bien como calmante y asentante de mi mente azotada de inclemencias circunstanciales tengo dos: unas para pista y otras para fuera pista. O sea, unas para ir por zonas nevadas con la nieve prensada por el peso del negocio y otras para circular en bajada al pairo. Y unos descansos para cuando recupero el timón ya en el hotel, pero que no tengo (descansos) porque me parecen muy cursis, pero si que me los miro con cierta envidia.

Luego tengo unos escarpines para navegar y estéticas a parte, van bien porque ni te resbalas en las cubiertas de los distintos medios de imitar el desplazamiento de los animales marinos, ni recibes la picazón de esos malditos pececitos que al chafarlos les da por enfadarse. Y luego lo de la bici. Tengo unas botas para ir en bici. Para jugar a pádel no tengo porque tampoco me gusta jugar a pádel, aunque la presión a la que uno se ve sometido ya empieza a recordar la que la que dio con lo del golf. No tengo zapatos de golf, pero debo ser el único, ni de montar a caballo, ni de ir en un moto de esas que no envidias la moto sino lo abrazaditos que van los desplazantes.

En fin, que como sean ustedes un poquito moviditos o quieran ser percibidos como nobles las 24 horas del días, necesitan 24 pares de zapatos como mínimo sin incluir repeticiones de color o variaciones de estilo. Y es que hoy en día para ser o parecer Marqués de Carabás se necesitan muchos gatos. Según te veo, según te trato.

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